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VIDEO "PASAN SIN MIRAR"

EL MAKING OFF

 

 

                        Nuestra máquina del tiempo

  ¿No sé si ustedes se acuerdan de esos viejos cajones de madera que habían en los baños turcos de antes? Esos que tiran vapor y la cabeza queda afuera. Algo parecido, no igual, un poco más grande (con capacidad para unas 10 personas), pero con características muy especiales utilizamos para trasladarnos al año 1969 junto a Santos Dumont.

  Nuestra precaria máquina del tiempo, no es como esas otras que están fondeadas a buen resguardo y que en un santiamén desaparecen y aparecen en el año deseado (cómo creen que se hicieron las grandes fortunas en Chile ¿trabajando? no me hagan reír). La de mi tío Belarmino no es así; requiere volar con bastante inseguridad sobre el cielo a unos 85 metros de altura y en ángulo de 48,7 grados, allí desaparece para emerger nuevamente a esa misma altura en el año deseado. 

 Equipados de nuestra cámara de video digital Hasselblad H3D II viajamos a grabar magno acontecimiento, ese primer domingo del mes de octubre (día 5 para ser más precisos), del año 1969. Cantarían por única vez Los Bric a Brac con Santos Dumont la canción “Pasan sin mirar”.

  (Para que se entienda mejor, fijamos el día y mes al cual queremos llegar, y debemos partir en esa fecha exacta, independiente del día de la semana, en este caso partimos el sábado 5 de octubre de 2009 para llegar al día domingo 5 de octubre de 1969, el viaje dura unos segundo cuando se ha alcanzado la altura y ángulo requerido, lo lento y peligroso es lograr la coordenada exacta)

La máquina del tiempo

Aquí la tienen, y más encima "enchulada"

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 El asado en casa de Chino Urquidi

La llegada

  Cuando llegamos a las canchas del antiguo Colegio San George, en Avenida Pedro de Valdivia, y todos se bajaron con mucha excitación, noté con verdadera preocupación un gravísimo desperfecto en una pieza  de nuestra máquina del tiempo, ya mi tío me lo había advertido; “muchacho no pierdas de vista la manilla transversal”. Tenía una gran trizadura que necesitaba reparación inmediata, sino jamás podríamos volver a nuestro año 2009. La desmonté rápidamente y la llevé conmigo. Conocidos nuestros del colegio, quedaron al cuidado de nuestra “nave”. Me subí junto a los demás en uno de los autos que nos esperaban. Enfilamos raudos por Avda. Pocuro hacía el oriente y luego continuamos por Isabel La Católica hasta la altura de la Iglesia San Pedro y por ahí doblamos hacia el norte y a los pocos minutos ya estábamos en la casa de “Chino” Urquidi.

 

  Habían preparado un gran asado y se escuchaban los canturreos, el sonido de los instrumentos y los ensayos para el gran acontecimiento. Había más gente de la que me esperaba, incluso una conocida locutora y compositora, también un cura fanático de Los Bric a Brac, un perro extraño y familiares y amigos de los artistas, en fin, todo era algarabía.  Yo, en la terraza que daba hacia atrás no podía tragar nada, ni siquiera un Ponche que me ofrecieron. En mi cara se notaba  preocupación, sencillamente no podríamos volver a nuestro 2009, al menos que consiguiéramos un taller  ese día domingo, no después; y eso parecía casi imposible. Para mis adentros, me recriminaba, esto era una locura, fue una acción imprudente e irresponsable de mi parte, y ahora cómo les explicaría que no podríamos retornar a nuestra época.

 

El sector Franklin

   Una de las personas que había allí junto a los artistas  me ofreció llevarme en su auto, donde un soldador y hojalatero que conocía en el sector de Carmen con Franklin, así que después de ponernos de acuerdo en que nos encontraríamos en las canchas del colegio a las seis de la tarde en punto, me fui junto a mi amable acompañante en dirección a Avenida Matta, y los dejamos a todos con la cámara de video en mano para que  grabaran junto a Los Bric a Brac.

 

  Santiago, esa tarde de domingo, se veía muy seco, fue un año de una severa sequía y se notaba en los jardines, además se veía muy poca gente en las calles. Me llamó la atención, los edificios modernos que no estaban, los autos antiguos verdaderas reliquias en el día de hoy. El Austin Mini corría a toda velocidad por la ciudad y al poco rato ya doblábamos por calle Carmen hacia el sur, El motor  rugía, el conductor sabiendo la gravedad de la situación apretaba el acelerador a fondo, el tiempo nos era escaso y mezquino; ya eran pasadas las dos y media de la tarde.

 

  Cuando llegamos al taller en calle Capitán Aldea, nos encontramos con que el maestro no estaba allí, había ido a San Bernardo a ver a unos familiares por un problema que no recuerdo bien, pero nos aseguraron que el lunes a primera hora estaría en el taller. ¡No servía! ¡Debía ser reparada ahora!, debíamos partir ese domingo y con luz natural o nunca podríamos volver. Al vernos las caras de desesperación, nos recomendaron que fuéramos a donde  Lucho Valdés, unas cinco cuadras más abajo. Pero también nos fue mal, después de mucho tocar la puerta, salió un maloliente personaje que me insultó por pedirle que trabajase en día domingo, su religión no se lo permitía. Me dejó hablando solo cuando me cerró hostilmente la puerta. El servicial chofer en el Mini, a la espera de mi señal.

 

  Con mi acompañante,  sentados en el auto, pensamos ¡qué podríamos hacer! Le dije que porqué no recorríamos en el Mini lentamente por todas esas calles haber si encontrábamos otro taller, debían haber muchos por esos lugares, y así fue como llegamos a uno que gentilmente accedió a reparar la pieza. Pero nuevo problema; por más que la soldaba, no lograba repararla y corríamos el riesgo que se deteriorara aún más con el soplete, entonces le pedí que se detuviera. ¡No comprendo que sucede!  - nos decía -  Yo en mi interior entré en pánico, no era capaz de soportar nuevamente el gobierno de Allende, y menos el de Pinochet.

   Y que pasaría con mis hijos y mi esposa; ¡solos en el 2009! Dejarle el camino libre a mi insoportable y manipulador jefe que desde siempre le tenía ganas a mi mujer, la conquistaría, se apoderaría de mis hijos quienes al poco tiempo le dirían "papito lindo", dormiría en mi cama, husmearía en mi computador. Esto era una tragedia mayúscula.

  El soldador nos recomendó que fuésemos donde don Miguel Ángel, hombre de bastante edad y con experiencia en estas lides, había trabajado por años en la maestranza de Ferrocarriles del Estado y vivía cerca de donde estábamos, tenía una taller en calle General Gana, en una esquina, a unas pocas cuadras de ahí. Nos aseguró con risita nerviosa: ¡El viejo, sí que la arregla!

Mi jefe no sabe cuanto lo amo

 Mi jefe

Él no sabe cuanto lo amo

 

Decidimos dejar el mini estacionado en ese lugar y correr algunas cuadras, con la pieza en la mano, en busca de la dirección que era ya nuestra última oportunidad. El tiempo se terminaba.

 

Don Miguel Angel y sus damiselas picaronas

  No era un hombre viejo como nos lo habían descrito, tenía unos 65 años, delgado, alto y de una amabilidad extrema. Su señora era acogedora; nos pasó sendos vasos de mote con huesillos, mientras esperábamos sentados en unos viejos sillones de mimbre, en un especie de living muy modesto y muy oscuro continuo al gran taller. No se nos permitió ingresar; él acostumbraba a trabajar solo. Debíamos esperar en aquella sala hasta que la pieza fuese reparada. Cuando don Miguel Ángel vio la manilla, quedó pensativo, pero nada preguntó y desapareció por una pequeña puerta desvencijada que daba hacia el taller.

 

 Largo rato esperamos junto a su señora, doña María, que no permitía bajo ninguna circunstancia que nuestros vasos se vaciaran y nos alegraba la tarde con sus risas y conversaciones junto a su hija Margarita, ya con varios años a cuesta y muy soltera. Ambas pegaban unas risotadas y eran medias picaronas. Margarita era “tallera” y se contaba unos chistes de doble sentido que eran vitoreados con carcajadas y que le hacía enrojecer la cara a su madre, quien todo se lo celebraba. La tensión bajaba y nosotros también reíamos. De cierta forma se podría decir que ya éramos todos amigos, pero de don Miguel Ángel, nada se sabía. Yo miré el reloj de la pared; ya eran las cinco de la tarde.

Las conversaciones seguían y yo comencé a inquietarme y le pedí a doña María si ella podría ir a ver como iba todo.

Tenga confianza - me decía - Miguel Angel la va a arreglar. Espere con tranquilidad,  sosiéguese, estése tranquilo, y continuó con su entretenida charla sin hacer el más mínimo ademán de acceder a mi desesperada petición.

El taller de don Miguel Angel

La casa de Margarita y doña María

  El taller de Don Miguel Angel

 

 

Y nos seguía llenando nuestros vasos con un inmenso jarrón de vidrio con el mejor mote con huesillos que he probado en toda mi vida y contándonos anécdotas y cuentos del campo de Lolol de donde era su familia, aderezadas con interrupciones de Margarita, donde cada vez que podía nos asaltaba con sus tallas de doble sentido. Las risas continuaban y a veces eran incontrolables.

Yo tuve que echar mano a todo mi arsenal de chistes, porque aquí la ocasión lo ameritaba, exigía estar a tono, es que en un momento, sin darnos cuenta ya habíamos entrado en una verdadera batalla campal, quien conocía y contaba los mejores que pudieran existir.  Margarita sin poder contener las risotadas a veces decía: ¡no lo conocía, no lo conocía! Y más y más risas, resoplidos y ahogos. Y siempre con esa característica tan especial de inclinarse hacia abajo, con el tronco doblado y quedarse así algunos minutos en silencio, y como un volcán que comienza en erupción largar la más estruendosa carcajada que uno jamás hubiera podido imaginar y que se escuchaba hasta Avenida Matta. 

  

La despedida

 Como a las cinco y media don Miguel Angel aparece interrumpiendo nuestra bulla y para mi tranquilidad portaba en la mano nuestra pieza reparada. Conversamos un buen rato y luego nos despedimos de todos, yo los abracé a los tres, muy agradecido  y prometí volver a verlos para continuar con nuestras conversaciones y anécdotas. Sinceramente estaba muy agradecido, sentía que les debía mucho. El maestro me hizo prometerle que volvería, quería contarme algunas historias de la maestranza y mostrarme algunos trenes en miniatura que había hecho; quería que le ayudase a  comercializarlos con algunos coleccionistas. Levanté mi mano derecha y ahí frente a todos; se lo prometí: volvería lo más pronto posible.

 

De vuelta a nuestro 2009

  Corrimos junto al que ya era mi amigo, por General Gana en dirección oriente en busca del mini. Los pocos transeúntes que habían nos miraban con extrañeza.  El motor ya rugía nuevamente y al poco rato ya doblábamos por Avenida Matta hacia Bustamente para tomar por calle Rancagua. Ya eran pasadas las seis y media. Cuando llegamos al colegio, donde ya nos esperaban todos desde y hace un buen rato, logré con cierta dificultad poner la manilla transversal que no calzaba bien del todo. Por fin nuestra máquina del tiempo estaba lista para regresar.

 

 Nos costó tomar la altura y el ángulo requerido, volamos muy bajo hacía el sur, pasando por la Plaza Pedro de Valdivia y varias cuadras más allá, más o menos a la altura de calle Sucre logramos por fin la elevación y el punto óptimo para trasladarnos en el tiempo.

 

maquina del tiempo volando en Santiago de Chile La máquina del tiempo tomando altura No es un ovni, es totalmente identificado

 Tomando altura sobre la Plaza Pedro de Valdivia, nótese que está casi desierta ¿dónde están todos? Quizás aún con la novedad de la TV.

 

  

 

 Todos estábamos contentos, unos con la grabación del video que había sido todo un éxito y yo con la seguridad que podría regresar a mi vida.

 Cuando ya estábamos de vuelta en nuestro 2009, revisando el video,  para el asombro de todos, no estaban cantando ambos grupos como era de esperarse, sino que la banda sonora se había mezclado con la película que se estaba dando en el cine Pedro de Valdivia y que al momento de elevarnos, buscando la altura requerida, volamos a una corta distancia de el. Una falla gravísimas, imperdonable y sumamente peligrosa en nuestra vetusta máquina del tiempo, al parecer según nos ha explicado mi tío, el desperfecto ocurrió precisamente en el reactor de antimateria, algo imposible de reparar por su alto costo, lo que la hace candidata a ser vendida una parte como leña y el resto como chatarra en el Persa Bío-Bío. Mi tío con cara de preocupación nos dijo: ¡Muchachos! den las gracias que pudieron volver.

 

Cuando llegué a mi casa, lo primero que hice fue abrazar a mis hijos y a mi esposa, ellos muy sorprendidos con mi actitud…  es que yo sentía que casi los había perdido para siempre, así que juré y juré que al día siguiente le iría a dar las gracias nuevamente a don Miguel Angel, a doña María y a la simpática Margarita. Y así fue, como a las 12 del día, pasé por un supermercado y le compré un Drambuie y la botella de Whisky más cara que encontré y algunos regalos para las mujeres y enfilé hacia General Gana.

 

De regreso donde mis amigos

  Lo que había visto en el día de ayer, estaba diferente; la esquina donde estaba el taller ya no tenía dos árboles frondosos que lo sombreaban. En la calle algunas casas habían sido demolidas y rogué en mi corazón encontrar a mis amigos. Y así fue, frente a la casa  estaba el viejo automóvil con una de las puertas abierta. En mis manos todos los regalos. Toqué la puerta varias veces. Nadie abría. Volví a tocar con mucha fuerza y entonces se oyeron unos ruidos, abrió la puerta una muy envejecida y casi irreconocible Margarita, sin pensarlo ¡habían pasado ya 50 años!, pero yo había estado ayer con ellos, habíamos reído a nuestras anchas, y les estaba eternamente agradecido por su afecto y amistad. En tan solo un par de horas, nos habían entregado cariño, amistad y hospitalidad.

 

  Margarita, estaba un poco sorda, apenas caminaba, se apoyaba de una muleta en el brazo izquierdo y tenía algunos problemas mentales. No me reconoció para nada, le entregué los regalos y no quise preguntar lo obvio y lo que yo no había querido aceptar; ¡Don Miguel Angel y doña María debían haber muerto hace ya mucho, pero muchos años! Pero lo que casi no podía comprender, era que para mí, los recuerdos estaban vivos, tan sólo ayer en la tarde  estuve con ellos y reímos a risotadas y nos hartamos con el mote con huesillo, que casi se nos salía a todos por las orejas.

 

  Salí corriendo y Margarita quedó allí en la puerta, apretaba con sus viejas manos los regalos que yo le había llevado, se veía lejana y con la mirada perdida, Tomé el auto y quise arrancar de ahí lo más pronto posible. Por el camino, tuve que detenerme, lloraba sin poder contenerme y me decía, pero si yo estuve con ellos ayer, ¡ayer!  ¿Por qué? ¿Por qué ya no están? ¿Por qué todo tiene que cambiar en esta vida? ¡Por qué la gente tiene que envejecer y morir!

 

 

Agradecimientos

  No podemos dejar de mencionar y agradecer a la gran organizadora de todo esto, nuestra amiga  la Myrnita, telefonista jefa de la planta telefónica de San Francisco de Asís (hoy conocido como sector San Damián - CantaGallo), comuna de Las Condes. Ella fue la gran gestora de toda esta locura, quien contactó a Chino Urquidi y gestionó con unos familiares, cuidadores del colegio Saint George para que pudiésemos arribar en ese lugar. Tardó más de un año en organizar tamaño acontecimiento y dedicó muchas horas a este extraordinario suceso. Siempre con su mejor voluntad, fue solucionando todos los problemas y dudas que le planteábamos vía telefónica. Desgraciadamente no pudimos, como estaba planeado, ir a conocerla y visitarla ese día domingo a su casa en la calle Los Patos, en el pueblito de Lo Barnechea. Pocos años después, la planta de San Francisco fue eliminada para dar paso a la modernidad, Myrnita no lo pudo soportar y murió a causa de una severa depresión. Hasta el día de hoy nos parece escucharla: " San Francisco; ¿Con qué casa desea hablar...?"

 

 También queremos agradecer a los cuidadores del Colegio Saint George,  por la colaboración prestada y por el cuidado que le dieron a nuestro cajón del tiempo y por su obediencia de  que por ningún motivo y bajo ninguna circunstancia lavaran nuestra máquina con agua, como era su intención y que porfiaron un buen rato: ¡ Se la vamos a dejar reluciente!

 

  A nuestro gran amigo  que nos llevó a reparar la pieza en su veloz Austin Mini Cooper, quien murió a principio de los 70 de una penosa enfermedad.

 

 A Chino Urquidi y familia por la acogida en su casa y a todos los integrantes de Los Bric a Brac.

 

 Por ultimo, a mucha gente que nos ayudó y que sería largo de enumerar, pero muy especialmente a mi tío Belarmino por facilitarnos su cajón del tiempo. Gracias tío por ser tan desprendido y perdona que tu sobrino y ahijado te haya destruido el tesoro de tu vida, tu amada "joyita" y también ¡todas tus ilusiones! el irte a comprar a precio de huevo todas las propiedades de Avenida El Bosque entre Apoquindo y Vitacura. Pero tío, ¿por qué nunca lograste juntar la poca plata que se necesitaba? ¿por qué diferiste por tanto tiempo el viaje? Quizás porque en el fondo de tu corazón, sabías que no era lo correcto, que hacerse trillonario así, de esa forma..... no era para ti.

 

Texto: Montesco

 

Historia del conjunto

Paz Undurraga

Luis "Chino" Urquidi

Antonio Zabaleta

Orlando Avendaño

Discografía

Foto y comentarios L.P. 1 y 2

Videos (slideshow) del grupo

Los papás y los abuelos de Los Bric a Brac

 Lenta cae la nieve

  La voz de los fans   

Nuestro Bric a Brac 

Nuestro Wutlitzer

Las Cuatro Brujas

AL  7° DE LÍNEA

La Página de Bigote (videos Bric a Brac)

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